
“La Eucaristía era el centro de su vida. La celebraba con temor y reverencia evocando la última Cena y el Calvario. Le impresionaba tan profundamente que sus sentimientos de indignidad personal, como ministro sacerdotal, eran muchas veces visibles.

Hablar de Dios nunca ha sido fácil, aún cuando siempre es necesario. Y hablar en referencia al hombre, es decir, de un Dios que conmueve fundamentos es más arriesgado porque podemos dar la media vuelta como el joven del Evangelio.