Imprimir esta página

La mujer y el mundo intelectual (1931)

Carta personal a una joven profesora, Julia Ochoa, que asumía la responsabilidad de la Residencia Universitaria de Madrid en 1931. Fechada en Madrid en septiembre de ese año.

 El Señor te bendiga: En breve vas a inaugurar la casa que hemos puesto bajo la advocación de la Milagrosa y en la que ponemos esperanzas extraordinarias por muchas razones. El tiempo en que se abre, la necesidad que de ella hay, la labor que se proyecta, la clase de alumnas que han de formarla, el personal que la ha de dirigir, el sacrificio que supone, la pureza de intención que nos guía y sobre todo, el llevar el nombre de la Santísima Virgen bajo una advocación tan venerada en la Institución Teresiana, nos augura el éxito que perseguimos, el cual no es humano, sino la gloria de Dios y la salvación de las almas. Si esto no fuera y en ella no pusiéramos nuestro empeño, no merecería la pena pensar siquiera en la nueva casa.

Nos proponemos que esta residencia para universitarias sea una verdadera casa de formación, precisamente de jóvenes que han de ser mañana directoras de obras, profesoras de centros superiores y siempre personas que se destaquen por su ciencia y virtud. No es fácil medir ni apreciar la trascendencia de la labor que habéis de hacer en esa casa, porque los destinos de la mujer culta y su influencia en la sociedad moderna son ahora mismo algo tan grande como impreciso (…)

El mundo intelectual es el mundo del porvenir y si hace pocos años la mujer estudiante seguía un derrotero seguro, hoy se pone tal empeño en desnaturalizar y descristianizar a las jóvenes, que van siendo frecuentes las deserciones, que va cundiendo la impiedad entre las estudiantes y se van deformando moralmente las que por sus estudios, por sus conocimientos, por su cultura, deberían ser modelos en todos los órdenes. ¡Cuánto hizo la Institución Teresiana en este campo y cuánto evitó e impidió! No somos nosotros quienes debemos decirlo, pero sí debemos reconocer la asistencia de Dios a quien debemos todo lo que constituye nuestro haber.

Julia Ochoa

Tremenda responsabilidad la nuestra ante Dios, ante la Iglesia y ante la sociedad, si en el momento preciso en que la gloria de Dios y el honor de la Iglesia y el bien de la sociedad nos acucian, desmintiéramos con nuestra falta de sacrificio la historia de nuestro apostolado (…) Si cuando no éramos casi nada acometíamos una empresa tan difícil como nueva, que humanamente podría haberse llamado temeraria, si en Dios no se hubiera fundado y para su gloria no se hubiera acometido, cuán grande no sería nuestra culpa y qué tamaña ingratitud la nuestra, si en la hora presente, contando con personal, con medios, con experiencia y hasta con fama, desertáramos de nuestro puesto y defraudáramos esperanzas. Porque muchas ponen en nuestra actuación la Iglesia, los prelados y los católicos, así como mucho temen de nuestra labor los enemigos de Cristo y de su Iglesia. Es la hora suprema y en ella estamos obligados al supremo esfuerzo, el cual no por ser nuestro, sino por fundarse en Dios, será fecundo y decisivo.

Hay que olvidarse de sí mismo para no pensar sino en los sacratísimos intereses que representamos y defendemos; hay que poner toda la confianza en las luces y auxilios divinos, pero hay que pensar, proyectar, trabajar, velar, sufrir, inmolarse como si todo el éxito de nuestra empresa dependiera del esfuerzo que en ella ponemos.

Estemos persuadidos de que el éxito será tan grande como lo sea la desconfianza en nosotros mismos, la confianza en Dios y el sacrificio por la salvación de las almas. Hay que dar y no pedir, hay que hacerse todo para todos a fin de ganarlos para Cristo; hay que aprovechar toda oportunidad, todo momento. apropiado: la alegría y la tristeza, los triunfos y las humillaciones, el gozo y el dolor de las jóvenes encomendadas a vuestro cuidado, para sacar de todos los estados psicológicos y aún fisiológicos el mayor bien para las almas; hay que tener el don de la oportunidad siempre y no ha de haber inconstancias, ni retrocesos; hay que ser ecuánimes y perseverantes contra toda alteración interna y externa, propia y ajena; hay que ser justas con misericordia, amables sin empalagos, finas, atentas y corteses sin ridiculez, ni fingimiento, ni pedantería; hay que hablar a tiempo y callar con oportunidad; hay que poner el corazón en lo espiritual, pero sin dejar de poner la mano en lo material; hay que enseñar obrando y sufriendo. ¡Ahí tienes tu programa!