Imprimir esta página

Creí, por eso hablé (1920)

Escrito con formato de comentario a una frase de la Escritura. Poveda clasifica este tipo de escritos como “Consideraciones”. Forma parte del conjunto “Jesús, maestro de oración”.

 “Creí; por esto hablé” (Salmos 115, 1)

Hay muchas maneras de creer, pero una sola es la que justifica; de aquí que todos los que creen como debe creerse manifiestan su fe de modo idéntico. Creer bien y enmudecer no es posible; lo dice el Real Profeta, o sea el Espíritu Santo por boca de David: Creí; por esto hablé. Es decir, mi creencia, mi fe no es vacilante, es firme, inquebrantable, y por eso hablo.

Los que pretenden armonizar el silencio reprobable con la fe sincera, pretenden un imposible. Los verdaderos creyentes hablan para confesar la verdad que profesan, cuando deben, como deben, ante quienes deben y para decir lo que deben.

Cuando deben. Se debe hablar para confesar a Cristo, hacer profesión de fe, defender la doctrina de Cristo, cuando así lo exige el bien de la Religión y el provecho del prójimo. Un verdadero creyente manifiesta su fe en sus escritos, en sus conversaciones, en sus discursos, en sus explicaciones en la cátedra.

Como deben. Seriamente, sin provocaciones, pero sin cobardías; sin petulancias, pero sin pusilanimidad; con caridad, pero sin adulaciones; con respeto, pero sin timidez; sin ira, pero con dignidad; sin terquedad, pero con firmeza; con valor, pero sin ser temerarios.

Ante quienes deben. Ante los superiores y ante los súbditos; a los mayores, a los iguales y a los pequeños; y para decir lo que deben, sea o no del agrado de los que oyen; halague o no a los que escuchan; sea conforme o no a las creencias de los que presencian la manifestación de su fe.

Para salvarse es preciso hablar. Terminantes son las frases del Apóstol: Porque de corazón se cree para justicia; mas de boca se hace confesión para salud (Rom, 10,10); y porque se trata de algo esencial para obtener lo único necesario, que es la salvación del alma, conviene detenerse a considerar prácticamente estas verdades. Hay quienes pretextando una prudencia mal entendida, omiten la confesión de sus creencias; y quienes escudándose en su ilustración y cultura, callan cuando deben hablar. Mas hemos de tener en cuenta que tal silencio es inexcusable ante Dios, aunque sea de gran aceptación ante los hombres, que encuentran en este reprobable silencio la mejor garantía para su impiedad. Y no es que allá en su conciencia aprueben esta conducta, ni que su talento la aplauda, es que de esta manera dejan más libertad a sus audacias y menos entorpecimientos a sus planes. Alguna vez se pretende, al omitir esta profesión de fe, hacer un servicio a la misma fe, olvidándose de que la doctrina de Cristo, esa fe que se pretende favorecer con el silencio, se propagó derramando su sangre los primeros cristianos; que merced a la santa intrepidez de los santos mártires y confesores, llegó hasta nosotros este tesoro inapreciable (…)

Abominemos siempre de la tibieza. En verdad no hay estado más deplorable que el de aquellos contemporizadores, causantes de la ruina y perdición de cuantos les siguen. El Espíritu Santo lo dice con frase elocuentísima: Conozco tus obras; que ni eres frío ni caliente; ojalá fueras frío o caliente; mas porque eres tibio, te comenzaré a vomitar de mi boca (Apoc, 3,15-16).

¡Y cómo contrasta esta conducta con la de aquellos fervorosos cristianos de las Catacumbas! Así eran sus triunfos; así son hoy, transcurridos los siglos, bendecidos y alabados como héroes de la humanidad. Porque los consumió el celo de la gloria de Dios, la defensa de su causa, la propagación de su doctrina, la salvación de la humanidad; porque las afrentas de los que les zaherían recayeron sobre ellos; porque no temieron a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Por esto padecieron los escarnios, las persecuciones y el martirio.

Mas después, sus mismos enemigos les hicieron justicia, repitiendo lo que se dice en el libro de la divina Sabiduría: Nosotros, insensatos, teníamos su vida por locura, y su fin por una deshonra. Ved cómo han sido contados entre los hijos de Dios, y entre los Santos está la suerte de ellos. Luego hemos errado del camino de la verdad, y la luz de la justicia no nos ha alumbrado, ni el sol de la inteligencia ha nacido para nosotros (Sab 5,4-6).

Para no errar el camino de la verdad, y para que la luz de la justicia brille para nosotros, y para que el sol de la inteligencia nos alumbre, imitemos al Real Profeta haciendo programa de nuestra vida su frase: Creí; por esto hablé, y esperemos que en nosotros se cumpla aquella otra: mas yo he sido sumamente abatido; que tales confesiones nos proporcionarán la dicha incomparable de ser contados entre los hijos de Dios. Amén”.